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domingo, 18 de enero de 2015

El Mundo del Intennet

Cómo el internet cambia nuestro cerebro

Para algunos expertos, internet nos está volviendo más superficiales y desmemoriados. Incluso hay quien apunta que hablamos más deprisa y escuchamos menos. Para otros, en cambio, internet no es un virus ni tampoco ninguna enfermedad, sino un simple reflejo de la sociedad en que vivimos

En el 2007, Nicholas Carr, un investigador que escribe sobre nuevas tecnologías en The New York Times, The Wall Street Journal y Financial Times, se dio cuenta de que cada vez le suponía más esfuerzo leer un libro o un artículo largo, y pensó que era muy raro que a un licenciado en Literatura le estuviera ocurriendo eso. Cuando se lo comentó a sus amigos, se sorprendió al descubrir que muchos habían dejado de leer libros, mientras que otros tenían que esforzarse heroicamente para no perder el hilo, pese a ser también lectores curtidos.

Fue poco después, en el 2008, cuando Carr decidió escribir un artículo titulado “¿Google nos vuelve estúpidos?”, que desarrolló posteriormente en Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Taurus). Desde su publicación, esta obra ha levantado una gran polvareda en Estados Unidos y Gran Bretaña, hasta el extremo de ocupar la portada de algunas de las revistas más influyentes, caso de la alemana Der Spiegel, que tituló “Match das internet doof?”(¿Nos hace internet tontos?) o de la norteamericana The Atlantic.

Más allá de la provocación periodística que representa preguntar en letras de gran tamaño si internet está fomentando una nueva generación de estúpidos, como sugiere el escritor Hernán Casciari en El nuevo paraíso de los tontos (Plaza & Janés), algunas de las cuestiones que formula Nicholas Carr parecen pertinentes.

De entrada, un buen número de ciudadanos reconocen que cada vez les cuesta más trabajo concentrarse, memorizar números de teléfono o realizar operaciones aritméticas sencillas, tal como describe Carr. Además, algunos estudios constatan que en la actualidad hablamos más deprisa (en concreto, pronunciamos 160 palabras por minuto, quince más que en el año 2000) y escuchamos menos. Y no sólo eso, sino que este ritmo espasmódico y acelerado se está trasladando al sexo, a la alimentación (y de ahí el nacimiento, como reacción, del slow food o del comer sin prisas) y prácticamente a cualquier ámbito. Tanto es así, que incluso los dibujos animados están bajo sospecha, como demuestra un estudio de la Universidad de Virginia (EE.UU.) que parece sugerir que los populares gracejos y el frenético ritmo que imprime Bob Esponja generan un déficit de atención (otro trastorno emergente…) en los niños, hasta el punto de dispersarlos en la escuela.

Sin embargo, es factible que todo el mundo lleve un poco de razón y que con internet se estén perdiendo algunas habilidades y se estén ganando otras muchas, como sucede con cada gran cambio tecnológico. Es más, es posible que la respuesta a la pregunta que plantea este artículo se escuchara el pasado 12 de febrero en un animado debate que tuvo lugar en la Asociación de Artistas Suburbanos de Barcelona. Fue allí donde Xavi Marx, un artista multimedia, dejo una sentencia para la reflexión: “Internet no es un virus ni una enfermedad, sino el reflejo de la sociedad en que vivimos.

Respecto a que internet está dividiendo a la sociedad en dos bandos antagónicos, de un lado los que piensan que se abre una época dorada de interactividad y de sinergias y, de otro, los que presagian una etapa oscura de narcisismo y mediocridad, Reig introduce un elemento nuevo: el conflicto generacional. A juicio de la psicóloga social, que cuenta con más de 30.000 seguidores en Twitter, internet siempre ha estado bajo sospecha: que si favorece la lectura en diagonal, que si crea adicción, que si está acabando con la cultura.

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