Cómo el internet cambia nuestro cerebro
Para
algunos expertos, internet nos está volviendo más superficiales y
desmemoriados. Incluso hay quien apunta que hablamos más deprisa y escuchamos
menos. Para otros, en cambio, internet no es un virus ni tampoco ninguna
enfermedad, sino un simple reflejo de la sociedad en que vivimos
En el 2007, Nicholas Carr, un
investigador que escribe sobre nuevas tecnologías en The New York Times, The Wall Street
Journal y Financial Times, se dio cuenta de que cada vez le suponía
más esfuerzo leer un libro o un
artículo largo, y pensó que era muy raro que a un licenciado en Literatura le
estuviera ocurriendo eso. Cuando se lo comentó a sus amigos, se sorprendió
al descubrir que muchos habían
dejado de leer libros, mientras que otros tenían que esforzarse heroicamente
para no perder el hilo, pese a ser también lectores curtidos.
Fue poco después, en el 2008,
cuando Carr decidió escribir un artículo titulado “¿Google nos vuelve
estúpidos?”, que desarrolló posteriormente en Superficiales.
¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Taurus). Desde su
publicación, esta obra ha levantado una gran polvareda en
Estados Unidos y Gran Bretaña, hasta el extremo de ocupar la portada de algunas
de las revistas más influyentes,
caso de la alemana Der Spiegel,
que tituló “Match das internet doof?”(¿Nos hace internet tontos?) o de la
norteamericana The Atlantic.
Más allá de la provocación periodística
que representa preguntar en letras de gran tamaño si internet está fomentando
una nueva generación de estúpidos,
como sugiere el escritor Hernán Casciari en El
nuevo paraíso de los tontos (Plaza & Janés), algunas de las
cuestiones que formula Nicholas Carr parecen pertinentes.
De entrada, un buen número de
ciudadanos reconocen que cada vez les cuesta más trabajo concentrarse, memorizar
números de teléfono o realizar operaciones aritméticas sencillas, tal como
describe Carr. Además, algunos estudios constatan que en la actualidad hablamos
más deprisa (en concreto, pronunciamos 160 palabras por minuto, quince más que
en el año 2000) y escuchamos menos. Y no sólo eso, sino que este ritmo espasmódico y
acelerado se está trasladando al sexo, a la alimentación (y de ahí el
nacimiento, como reacción, del slow
food o del comer sin prisas) y prácticamente a cualquier ámbito.
Tanto es así, que incluso los dibujos animados están bajo sospecha, como
demuestra un estudio de la Universidad de Virginia (EE.UU.) que parece sugerir
que los populares gracejos y el frenético ritmo
que imprime Bob Esponja generan un déficit de atención (otro trastorno
emergente…) en los niños, hasta el punto de dispersarlos en la escuela.
Sin embargo, es factible que todo el mundo lleve un poco de
razón y que con internet se estén perdiendo algunas habilidades y se estén ganando
otras muchas, como sucede con cada gran cambio tecnológico. Es más, es posible
que la respuesta a la pregunta que plantea este artículo se escuchara el pasado
12 de febrero en un animado debate que tuvo lugar en la Asociación de Artistas
Suburbanos de Barcelona. Fue allí donde Xavi Marx, un artista multimedia, dejo
una sentencia para la reflexión: “Internet no es un virus ni una enfermedad, sino el reflejo de
la sociedad en que vivimos.
Respecto a que internet está dividiendo a la sociedad en dos bandos
antagónicos, de un lado los que piensan que se abre una época dorada de interactividad y de sinergias y, de
otro, los que presagian una etapa oscura de narcisismo y mediocridad, Reig
introduce un elemento nuevo: el conflicto generacional. A juicio de la
psicóloga social, que cuenta con más de 30.000 seguidores en Twitter, internet
siempre ha estado bajo sospecha: que si favorece la lectura en diagonal, que si crea adicción, que si
está acabando con la cultura.
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